Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡En pleno campo de batalla! ¡Oh! ¡Bravo, señorita Majestad! Celebro ver que no le asusta un poco de polvo ni el olor del cuero quemado.
—¿No podrÃan herrarles sin hacerles daño? —preguntó Magdalena.
—¡Ja, ja, ja! ¡Pero si no les duele! Berrean llamando a su mamá. A veces hay que hacerles daño precisamente para saber quién es la madre.
—Quisiera saber cómo deciden ustedes el hierro que hay que poner a las crÃas que están separadas de sus madres —preguntó Magdalena.
—Lo deciden los capataces de rodeo. Yo tengo uno, y don Carlos otro. Ellos lo estatuyen todo y hay que acatar sus decisiones. Aquél es Nick Steele, mi capataz. ¡Miradle! Monta un bravo… Él señala los becerros y los novillos que hay que hatajar. Luego los cowboys hacen el apartado y les aplican el hierro. Procuramos repartirnos los El hermano de Magdalena se acercó al grupo, evidentemente buscando a Stillwell.
—Bill, Nels acaba de llegar —dijo.
—¡Bravo! Nos hacÃa falta. ¿Se sabe algo de Danny Mains?
—No. Nels dice que perdió el rastro al penetrar en terreno duro.