Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Su hermano cuidaba de ella cuando sus ocupaciones se lo permitÃan; pero durante varios dÃas se guardó mucho de mencionar su creciente fatiga y la nerviosidad que la excitación constante suponÃa, y menos aún de sugerirle que volviese al rancho con Florencia. Varias veces notó la atracción de sus ojos azules en su rostro, y en tales momentos adivinaba en su mirar algo más que fraternal interés. La estaba observando, estudiando, sondeando, y al darse cuenta de ello, Magdalena sentÃase vagamente conturbada. Era inquietante pensar que su hermano podÃa haber adivinado su secreto. De cuando en cuando, traÃa cowboys y se los presentaba riendo y bromeando con el deseo de hacer menos embarazosa la situación para aquellos hombres poco acostumbrados al trato femenil.
Antes de terminar la semana, Alfredo halló una coyuntura propicia para aconsejarla que dejase proceder al rodeo sin honrarlo con su presencia. Lo dijo en son de chanza, pero lo dijo muy serio, y al volverse Magdalena sorprendida hacia él, añadió lisa y llanamente:
—No me gusta la forma en que te ronda don Carlos. Bill teme que Nels o Ambrosio o cualquiera de los cowboys le hagan una mala pasada. Están al acecho de una oportunidad. Podrá parecerte absurdo, querida, pero es asÃ.