Bajo el cielo del oeste

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Y absurdo ciertamente lo era, aunque sirvió para demostrar a Magdalena lo intensamente absorta que había estado con sus pensamientos, nacidos del tumulto y la labor del rodeo. Recordó la presentación de don Carlos y recordó también que no había sido de su agrado el cetrino rostro de audaces y prominentes ojos de fúlgido mirar y siniestras facciones; ni su voz, suave e insinuante, ni su porte, ni sus lentos ademanes y reverencias. A caballo habíale parecido apuesto y gallardo, pero al obligarla las palabras de Alfredo a concentrar en él su memoria, recordaba que cuantas veces había acudido al campo, el noble corcel pelinegro, con sus arreos incrustados de plata y su moreno jinete, había estado en sus cercanías.

—Y don Carlos pretendió a Florencia durante mucho tiempo —aclaró Alfredo—. Ya no es ningún niño. Según Bill, pasa de los cincuenta, aunque es imposible juzgar la edad de un mejicano por su aspecto. Don Carlos es hombre muy bien educado, pero de cuya vida sabemos muy poco. Mejicanos de su ralea no consideran a las mujeres como nosotros, y, a decir verdad, querida hermana neoyorquina… no tengo tiempo que perder con don Carlos y no quiero que Nels o Ambrosio equivoquen la puntería y barbeen al individuo con el lazo tomándole por un novillo. En consecuencia, vuelve grupas, vete al rancho y quédate allí.


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