Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Alfredo, te estás burlando de mÃ. Hablas en broma —dijo Magdalena.
—Te aseguro que no —replicó su hermano—. ¿Verdad, Flo? Florencia afirmó que a la menor provocación los cowboys tratarÃan a don Carlos con menos ceremonias y miramientos que a un becerro barbeado. El viejo Stillwell, tomado por Alfredo como testigo de la conducta de los cowboys en ciertas emergencias, no tan sólo corroboró los asertos de aquél, sino que añadió algo de su propia cuenta.
—Y diré, además, señorita Majestad —concluyó—, que si Gene Stewart aballase por mi cuenta, hace ya tiempo que ese gesticulante mico habrÃa mordido el polvo.
Magdalena que habÃa estado vacilando entre tomárselo a risa o en serio, acogió con una carcajada la alusión que hizo Stillwell a su ideal caballeresco a lo cowboy.
—No estoy convencida, pero… me rindo —dijo—. Esto encubre algún oculto motivo para alejarme. El apuesto don Carlos se ve injustamente calumniado, pero las pruebas que ya tengo de la singular imaginación y galanterÃa del cowboy me inclinan a temer esa posibilidad. Y por tanto… adiós.