Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Mientras aguardaba sentada en la amarillenta penumbra, Magdalena oyó el tenue, intermitente martilleo del aparato telegráfico, el sordo zumbido de los alambres, el ocasional pateo de un herrado casco, y una lejana y estúpida risotada dominando la algarabía del baile. Todos aquellos ruidos eran nuevos para ella. Advirtió en su pulso un leve aceleramiento. Magdalena poseía tan sólo limitadas referencias del Oeste. Como todas las de su clase, había recorrido Europa y había descuidado América. Las contadas cartas de su hermano habían venido a trastornar sus ya vagas ideas de planicies y montañas, de cowboys y ganado. Sentíase sorprendida de la interminable distancia que había recorrido, y si en el curso del trayecto había cruzado algo interesante, le pasó por alto a causa de haber viajado de noche. Y aquí estaba, aguardando en una pequeña y oscura estación, sin más compañía que el gemido del viento entre los hilos telegráficos.
Un débil ruido que semejaba el retiñir de ligeras cadenillas llamó la atención de Magdalena. De momento la muchacha lo atribuyó a los alambres del telégrafo. Luego oyó pisadas. La puerta se abrió, dando paso a un individuo de elevada estatura y avanzando con el aquel ruido.
Entonces comprendió que procedía de sus espuelas. El sujeto era un cowboy, y su entrada le recordó vívidamente la de algunos «astros» de película.