Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¿Quiere usted hacer el favor de indicarme algún hotel? —preguntó Magdalena poniéndose en pie.
El cowboy se quitó el sombrero, describiendo con él un semicÃrculo y acompañando el ademán con una reverencia que, no obstante su exageración, tenÃa cierta gracia, dio dos largos pasos hacia ella.
—¿Es usted casada, señora?
En otros tiempos, una punta de humorismo habÃa ayudado a Magdalena Hammond a salvar situaciones crÃticas. Guardó silencio, pensando que era una suerte que su velo cubriese su semblante. De antemano sabÃa que iba a encontrar cowboys bastante chocantes, como sabÃa que era peligroso reÃrse de ellos.
Aquel caballero de la pampa extendió con deliberación un brazo y se apoderó de su mano izquierda. Antes de que hubiese vuelto de su asombro le habÃa quitado el guante.
—Preciosa mano, pero sin anillo nupcial —exclamó lentamente—. Señora, me alegro de ver que no es usted casada.
Soltó la mano y devolvió el guante.
—El único hotel de este lugar se opone, por principio, a dar albergue a mujeres casadas.
—¿De veras? —dijo Magdalena, intentando ajustar sus ideas a la situación.