Bajo el cielo del oeste

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—De veras —prosiguió el cowboy—. Son un mal negocio para los hoteleros. Ahuyentan a los muchachos. Esto no es Reno.

Soltó una juvenil carcajada y por esto y por la forma de volverse a poner el sombrero, Magdalena dedujo que estaba medio embriagado.

Retrocediendo instintivamente, no tan sólo le miró con mayor detenimiento, sino que se halló en situación de observar mejor su semblante. Era éste como de cobre batido, audaz, rudo, astuto. Rióse de nuevo el cowboy, como si se divirtiese buenamente consigo mismo, y la risa alteró apenas la rigidez de sus facciones. Como todas las mujeres cuya belleza y encanto han sido muy celebrados, Magdalena había desarrollado de tal modo su intuición, que con una sutil y exquisita ojeada adivinaba la naturaleza de los hombros y el efecto que su presencia causaba sobre ellos. Aquel rudo cowboy la había afrentado bajo la influencia del alcohol, y, sin embargo, cualquiera que fuese su intención, no pensó insultarla.

—Le agradeceré que me guíe al hotel —replicó la muchacha.

—Señora; espere usted aquí —replicó con cierta premiosidad, como si no pudiese coordinar las ideas—. Voy a buscar al mozo.


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