Bajo el cielo del oeste

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Ella le dio las gracias, y al verle salir y cerrar la puerta, volvió a sentarse, considerablemente tranquilizada. Pensó que hubiera debido mencionar el nombre de su hermano. Luego preguntóse que genero de vida llevaría Alfredo entre aquellos toscos y rudos cowboys. Cuando su hermano iba al colegio, mostrábase ya bastante turbulento, y Magdalena dudaba que cowboy alguno hubiera podido enseñarle nada que él no supiera. De toda la familia ella era la única que había tenido fe en su hermano, aunque, después de dos años de silencio, su fe comenzaba a flaquear.

Esperando allí, sorprendióse escuchando el gemir del viento a través de los hilos telegráficos. El caballo que había visto afuera comenzó a patear, y una vez lanzó un relincho. Luego, Magdalena oyó un rápido tableteo, débil al principio, y más intenso después, que acabó identificando con el galopar de caballos. Se acerco a la ventana, creyendo que sería su hermano. Mas al aumentar de volumen el ruido, cruzaron ante ella, como sombras, cabalgaduras cenceñas de melena y cola encrespadas, montadas por ensombrerados jinetes, extraños y bravíos al parecer. Recordando lo que el conductor había dicho, costóle algún trabajo dominar su desasosiego. Densas nubes de polvo velaron dos figuras, talluda la una, insignificante la otra. El cowboy volvía con el mozo.


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