Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena dio las gracias al veterano por su información, y levantándose de su asiento, abandonó bruscamente el porche para ir a refugiarse en su alcoba, donde no le fue posible subyugar la fuerza de aquella maravillosa idea, ahora más pujante, tenaz y seductora.
Al dÃa siguiente por la tarde preguntó a Alfredo si ella podrÃa llegarse a la mesa sin riesgo.
—Yo iré contigo —replicó él, alegremente.
—Querido Alfredo…, el caso es que quisiera ir sola.
—¡Ah! —exclamó su hermano, recobrando su seriedad. La miró sagazmente, desviando al punto la vista—. ¡Adelante! No creo que haya peligro alguno. Y para mayor seguridad me instalaré aquà con los anteojos y seguiré tus pasos. Ten cuidado al bajar por el portel. Deja que el jaco vaya por donde quiera y… nada más.
Magdalena cruzó con Majesty el valle, en dirección al serpenteante portel, atravesando la bellÃsima llanura hasta el borde opuesto de la mesa. Tan sólo cuando se hubo detenido allà miró hacia el Sudoeste.