Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Sus miradas recorrieron la vasta extensión, desde el valle que tenía a sus plantas a las azuladas Sierras Madres, que el sol poniente envolvía con áureos resplandores. En una sola mirada sus ojos abarcaban una distancia, profundidad y magnificencia no descubiertas hasta entonces. El grisáceo valle se iba extendiendo, cada vez más dilatado, hasta el negruzco Chiricahua, centinela del mundo, perdiéndose luego en una vasta inmensidad de tierra rojiza al Oeste, donde una gloriosa llamarada de oro puro hacía destacar audazmente el contorno de las montañas. La escena era de una infinita hermosura. Mas pasado el primer instante de extasiada admiración, la idea de belleza desaparecía. En aquel desierto había algo más, algo ilimitado e ilimitable. Magdalena vio allí la huella de una asombrosa mano; sintió en su corazón una presión formidable. Del espacio infinito, del silencio y de la desolación, del misterio y del tiempo, surgían sombras multicolores que cambiaban lentamente, fantasmas de paz que murmuraban al oído de Magdalena. Estos fantasmas murmurábanle que la tierra era grande, inflexible, inmutable; que el tiempo era eterno; y que la vida iba desvaneciéndose. Murmurábanle que era una mujer, que debía amar; antes de que fuera demasiado tarde; amar a alguien, amarlo todo; comprender la necesidad del trabajo, y, comprendiéndolo, ver de lograr la felicidad.