Bajo el cielo del oeste

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Atravesó la mesa, emprendiendo luego el descenso del portel, y, ya en una planicie, puso al galope a Majesty hablándole al oído. Su espíritu pareció galopar con ella. El viento se llevó los artificios que sujetaban sus cabellos, y cuando, con ruido de tromba, llegó al porche, Magdalena echó pie a tierra jadeante, con toda la gloria de su masa de cabello aureolándole el rostro y cubriendo sus hombros.

Alfredo salió a recibirla, y su exclamación, junto con la elocuente mirada de Florencia y la inequívoca actitud de sorpresa de Stillwell, la confundieron un tanto.

Riendo, intentó poner orden en el tumulto de su peinado.

—Debo… estar… hecha… una facha —dijo con voz jadeante.

—Usted dirá lo que quiera —replicó el veterano ganadero—, mas yo sé lo que opino.

Magdalena pugnaba por recobrar la calma.

—Mi sombrero… y mis horquillas… todo se lo llevó el viento… Creí que acabaría llevándose también el cabello… ¡Miren! ¡La estrella de la tarde…! ¡Me parece que tengo hambre!

Renunció a sus intentos de parecer sosegada y atusarse el pelo, que cayó de nuevo como un manto.


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