Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Señor Stillwell —empezó, deteniéndose al flotar la extraña nota de reprimida vehemencia de su voz—. Señor Stillwell, quiero adquirir su rancho… a condición de que se quede usted como intendente. Quisiera adquirir también el de don Carlos y los que sean precisos para formar una hacienda de unos… cincuenta mil acres. Deseo que se encargue de adquirir caballos y ganado…, en una palabra, de llevar a efecto cuantas mejoras nos dijo usted haber soñado tantos años. Además, tengo ideas propias para cuyo desarrollo necesitaré la cooperación y consejo de usted y de Alfredo. Me propongo mejorar la condición de esos infelices mejicanos del valle. Me propongo que no sólo para ellos, sino también para los cowboys de esta pampa, la vida sea más digna de vivirse. Mañana hablaremos de ello y puntualizaremos detalles.
Magdalena desvió la vista del sonriente rostro que la contemplaba y tendió las manos a Alfredo.
—¡Qué extraña parece mi venida, Alfredo!, ¿verdad? No; no sonrÃas. Creo haberme hallado a mà misma…, creo haber hallado mi ocupación, mi felicidad… aquÃ, bajo los rayos de esa estrella del Oeste.