Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya! —exclamó por fin—. Bien está y no tiene poca gracia. Tal vez usted no ve toda la gracia. Yo sÃ. Nels se ha dado un pisto de mil diablos entre los muchachos, porque usted se lo enseñó a él, y ahora, ¡tendrá usted que enseñárselo hasta al último cowboy de la hacienda! ¡Son los seres más envidiosos de la tierra! Están todos chiflados por usted. Jim, por ejemplo. El muy vago es incapaz de hacer su pan. Su habilidad para escurrir el bulto siempre que puede es notoria. Le he visto cambiar su turno de fregar platos y cazuelas por una vigilancia solitaria en una noche lluviosa. Lo que ahora quiere es que usted le enseñe como enseñó a Nels. Luego faroleará con su compañero de alojamiento, Frank Slade, y Frank sufrirá pasión de ánimo hasta conocer el manejo de la prodigiosa amasadora. Los cowboys son unas extrañas criaturas, señorita Majestad. Y como ha empezado usted asà con ellos, asà tendrá que hacerlo hasta el final. Conste que pocas veces he visto cuadrilla de más empuje para el trabajo. Les infunde usted ánimos, no cabe duda.
—Mucho me alegro de oÃrlo, Stillwell —replicó Magdalena—. Yo les enseñaré a todos gustosa, pero… ¿no serÃa mejor que vinieran juntos… cuando menos los francos de servicio?