Bajo el cielo del oeste

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La oportunidad tardó dos semanas en presentarse. Stewart había tomado posesión de su cargo de capataz, y sus actividades eran incesantes. Estaba ausente la mayor parte del tiempo, recorriendo las pampas hasta la frontera mejicana. Cuando regresó, Stillwell le envió a buscar.

Era al atardecer de un día de mediados de abril. Alfredo y Florencia estaban con Magdalena en el porche. Vieron al cowboy entregar su caballo a uno de los mozos mejicanos de los corrales y avanzar, luego con cansado paso, sacudiendo el polvo de sus manoplas. Al quitarse el amplio sombrero para saludar a las mujeres, cayó, formando regueros, la arena gris que lo cubría.

Magdalena vio ante sí al hombre cuya fisonomía recordaba, pero con un aspecto singularmente distinto. Su cutis era atezado; su mirada penetrante, sombría y serena; su porte erguido. Parecía preocupado, mas su aspecto no revelaba el menor embarazo.

—¡Bravo, Gene! ¡Me alegro de verte! —exclamó Stillwell—. ¿De dónde vienes?

—Del cañón de Guadalupe.

Stillwell silbó entre dientes.

—¿De tan lejos? ¿Seguiste las huellas de los caballos hasta allí?


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