Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Pues, en… mi opinión, señorita Majestad, no tiene nada que ver con usted —intervino Stillwell—. Es cuenta de Stewart y mÃa. Mas querÃa que usted lo supiese. Pudiera ser que mis órdenes acarreasen… complicaciones.
—¿Sus órdenes?
—Pienso enviar a Stewart a… expulsar a don Carlos y a sus vaqueros a la pampa. Tienen que marcharse. Don Carlos está infringiendo las leyes de los Estados Unidos, en nuestra propiedad y con nuestros caballos. ¿Cuento con su autorización, señorita Hammond?
—Desde luego, Stillwell. Usted sabe mejor que yo lo que procede en ese caso. ¿Qué opinas, Alfredo?
—Traerá quebraderos de cabeza; pero… hay que hacerlo —replicó Alfredo—. El mes que viene te llega un grupo de amistades del Este. Para entonces necesitamos que la pampa sea nuestra exclusivamente. Pero, oiga, Stillwell, si desaloja a esos vaqueros, ¿no será lo más probable que se queden por los cerros? Es mala chusma.
Stillwell no parecÃa completamente tranquilo. Paseaba por el porche, con ominoso fruncimiento de cejas.
—Gene, tú que tienes más estudiada que yo esta cuestión —dijo al fin, ¿qué dices?