Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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—Habrá que echarles por la fuerza. Don Carlos tiene mucha trastienda, pero sus vaqueros son malos actores. Es como lo digo. El otro día, Nels me dijo: «Gene hasta hace poco llevaba años sin cargar con el revólver; pero ahora… me siento muy a gusto con él cuando encuentro a cualquiera de esos mejicanos desconocidos». Don Carlos está continuamente recibiendo y enviando vaqueros de acá para allá, Stillwell. Son guerrilleros ni más ni menos, y cada día están más alborotados. En los últimos tiempos ha habido algunas refriegas que han acabado a tiros. Un ranchero llamado White, que vive en la parte arribeña[11] del valle, resultó mal herido. El que ocurra algo que soliviante a nuestros muchachos es sólo cuestión de tiempo. Ya conoces a Nels, a Monty y a Nick.

—Ya lo creo que los conozco. Y eso que no has citado al más cascarrabias de la pandilla —dijo Stillwell, mirando significativamente a Stewart.

Magdalena adivinó la señal y un ligero escalofrío la estremeció, como si de los cerros hubiese llegado una ráfaga de aire glacial.

—Stewart, veo que lleva usted armas —dijo, señalando la negra culata de un revólver que rebasaba la pistolera pendiente del biricú[12] sobre las chaparreras de cuero.

—Sí señora.

—¿Por qué? —inquirió.


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