Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Pues… si se fija, notará que no es un objeto de adorno y además… pesa bastante —replicó.
La referencia no escapó a Magdalena. El arma no era ornamento. La mirada serena, profunda, sosegada del cowboy le causó un vago sentimiento de alarma. Lo que pudo antaño parecerle audaz temeridad se trocaba ahora en frÃa potencia espiritual. Su instinto y su razón la obligaba a reconocer el fondo de acerada fibra de la naturaleza de aquel hombre. Teniéndole a sus órdenes, podÃa ejercitar su derecho de poner el veto a lo que tan ostensiblemente se proponÃa. Pero Magdalena creyóse incapaz de hacerlo. Experimentaba una curiosa sensación de juventud y de flaqueza, y los cinco meses de entrenamiento a las costumbres del Oeste parecÃan no contar. Se le presentaba ahora un problema que envolvÃa vidas humanas, y la importancia que para ella pudiera tener una vida y su significado espiritual, no entraba para nada en los pensamientos de su cowboy. Una extraña idea cruzó su mente. ¿ConcederÃa ella, acaso, desmedido valor a toda existencia humana? Refrenó su imaginación confusa, casi asustada de sà misma. Y luego intuyó que su poder sobre aquellos hombres primitivos, su facultad de conmoverles o de hacer que obrasen a su antojo era infinitamente superior a todas las órdenes y a toda autoridad, por severa que fuese, de una mujer.