Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Al otro dÃa, Stillwell y Alfredo decidieron ir a caballo a la hacienda de don Carlos, llevando consigo a Magdalena y a Florencia y deteniéndose al regreso en el rancho de Alfredo. Emprendieron la marcha aprovechando la frescura del amanecer, y a las tres horas de cabalgar, cuando el sol comenzaba a resplandecer, entraron en un bosquecillo de mezquites que rodeaba corrales y graneros, varios edificios bajos y cuadrados y una inmensa y destartalada estructura, en su mayor parte de adobe y casi toda en ruinas. Sólo en un punto una nota de verdura quebraba la monotonÃa rojiza de paredes y terrenos; y evidentemente era aquel punto, que indicaba la situación del manantial, al que debÃa su valor y fama la pampa de don Carlos. Daba acceso a la vivienda un anchuroso patio, desnudo, de suelo de piedra y tierra firmemente apisonada, con varios ataderos y abrevaderos frente a un largo porche. Algunos polvorientos y cansinos caballos, con las cabezas gachas, las bridas colgando y los flancos cubiertos de sudor, atestiguaban una reciente carrera.
—¡Por los cuernos del diablo, Al! ¡Si ése no es el jamelgo de Pat Hawe… me lo como crudo! —exclamó Stillwell.
—¿Qué se le ha perdido a Pat aqu� —gruñó Alfredo.