Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste No había nadie a la vista; pero Magdalena oyó fuertes voces procedentes del interior de la casa. Stillwell desmontó, dirigiéndose hacia la puerta. Alfredo saltó de su caballo, ayudó a Florencia y a Magdalena a echar pie a tierra, y, aconsejándoles que descansasen y aguardasen en el porche, se unió a Stillwell.
—Aborrezco estas haciendas mejicanas —dijo Florencia, haciendo un mohín—. ¡Son tan misteriosas y tan laberínticas! ¡Ya verás! Empezarán a comparecer cetrinos pelones de ojos de botón de bota, como si saliesen de las entrañas de la tierra. En cada ventana y en cada puerta, hasta en las rendijas, habrá un rostro asomándose.
—Parece un inmenso granero impregnado de olor a tabaco —replicó Magdalena—. Confieso que no me entusiasma esta parte de mis adquisiciones, Florencia. ¿No es el de don Carlos ese caballo negro que hay en el corral?
—¡Vaya! Por consiguiente, ese tipo está todavía aquí. ¡Ojalá no nos hubiésemos apresurado tanto en venir! ¡Hola! Lo que se oye no es tranquilizador.