Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Hizo una profunda reverencia con efectista y sinuosa gracia. Su sonrisa descubrió la blanquÃsima dentadura, acrecentó el brillo de sus ojos. Lentamente, extendió implorantes manos.
—¡Señoritas, les pido mil perdones! —dijo. ¡Qué extraño fue para Magdalena oÃr hablar inglés con acento dulzón y plañidero!—. La tradicional hospitalidad de don Carlos se perdió con su casa.
—Stewart se adelantó y, apartando a un lado al mejicano, dijo:
—¡Haced sitio! ¡Paso franco!
El grupo retrocedió con mucho alarde de pisadas. Por el corredor aparecieron los cowboys tambaleándose bajo el peso de las cajas que traÃan, y que colocaron en hileras en el suelo del porche.
—Ahora, Hawe, prosigamos con nuestro asunto —dijo Stewart—. ¿Ves esas cajas?
—Veo aquà bastantes otras muchas cosas —replicó significativamente Hawe.
—Bien. ¿Abrirás esas cajas para comprobar lo que yo diga?
—¡No! —replicó Hawe—. No es de mi incumbencia el registrar unos bienes particulares llegados aquà por caminos legales y ajustándose a las disposiciones vigentes.
—¿Y te consideras un sheriff? —exclamó despectivamente Stewart.