Bajo el cielo del oeste

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—¡No tardarás mucho tiempo en convencerte de ello! —replicó hoscamente Hawe.

—Yo las abriré. ¡Eh! ¡Uno de vosotros! ¡Haced saltar la tapa a esas cajas! —ordenó Stewart—. No, tú no, Monty. Tú abre el ojo entre tanto. Deja que Booly maneje el hacha. ¡Vivo! ¡Vivo!

Monty Price salió de entre los demás, situándose en medio del porche. Su forma de ceder el puesto a Booly y de afrontar a los vaqueros no revelaba amistad ni confianza.

—Stewart, procedes muy desacertadamente haciendo abrir esas cajas. Esto es ilegal —protestó Hawe, intentando aún evitarlo.

Stewart le rechazó de un empellón. Don Carlos, que había quedado estupefacto ante la aparición de las cajas, recobró su actividad de palabra y ademanes. Stewart le repelió igualmente. La excitación del mejicano se acrecentó; gesticulaba locamente, gritaba en apasionado español… Mas cuando alzaron las tapas y quitaron el embalaje interior, mantúvose rígido y en silencio. Magdalena se incorporó por detrás de Stillwell, viendo que las cajas estaban llenas de municiones y rifles.

—¡Ea, Hawe! ¿Qué te decía yo? —preguntó Stillwell—. Vine a tomar posesión de este rancho. Hallé esas cajas ocultas en un aposento desocupado. Sospeché al punto de qué se trataba. ¡Contrabando!


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