Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Señorita Hammond, deploro que esté aquà —dijo Stewart bruscamente—. Esto es un estúpido enredo. He insistido en que usted y Florencia permanezcan junto a nosotros. Más tarde me explicaré. Si no quiere taparse los oÃdos… le ruego que no se escandalice al oÃr palabras gruesas.
Y volviéndose a los que le seguÃan:
—Nick, tú y Booly, id a donde están Monty y los muchachos. Sacad las cajas. ¡Todas! ¡Vivo!
Stillwell y Alfredo se disgregaron del grupo, tomando posiciones delante de Magdalena y Florencia. Pat Hawe se apoyó contra un poste, mirando insolentemente a las muchachas. Don Carlos se adelantó. Su planta atrajo las inquietas pero fascinadas pupilas de Magdalena. VestÃa calzón corto, ajustado, de terciopelo, con un amplio jaretón[14] en la costura externa adornado con botones de plata. CeñÃa su cintura una faja, y sobre ésta un cinturón con pistolera ribeteada con una franja, de la que asomaba la culata de concha de un revólver. Un chaleco ricamente recamado recubrÃa en parte una blusa de seda, dejando empero ver el corbatÃn del mismo material que llevaba al cuello. Su atezado rostro mostraba tendones como cuerdas, bajo la superficie. Sus ojos vivos, prominentes, refulgÃan con insólito brillo. Magdalena pensó que aquel semblante era una máscara gallarda y audaz en la que únicamente la mirada revelaba la perversa naturaleza del hombre.