Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Las palabras de Stewart provocaron una revuelta entre don Carlos y sus secuaces, los cuales se apiñaron alrededor del sheriff. Fue una babel de chillonas voces mejicanas y violentos ademanes de puños cetrinos y crispados. El grupo que apoyaba a don Carlos aumentó con la afluencia de vaqueros armados, mozos de cuadra descalzos, polvorientos pastores y mejicanos envueltos en sus ponchos, que surgieron, como por ensalmo, de puertas y ventanas. Era un abigarrado conjunto. Los garbosos, flamantes y exornados vaqueros ofrecían chocante contraste con los semidesnudos y descalzos mozos y los astrosos rabadanes. Los agudos gritos de don Carlos apaciguaron un tanto los ánimos. Después pudo oírse al mejicano interpelando a Hawe en una híbrida mezcolanza de inglés y español. Denegaba, confesaba, voceaba, con rápida y vehemente expresión. En su arrebato agitaba la negra cabellera; crispaba los puños y pateaba contra el suelo; ponía en blanco los brillantes ojos; contorsionaba los labios en cien formas diversas, y, como un lobo acorralado, enseñaba los blancos dientes.







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