Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Oh! ¿Ese nuevo incremento del incendio es debido al pienso seco? —preguntó Magdalena—. No deploro el rancho, mas es una verdadera conciencia perder tamaña cantidad de excelente forraje para las bestias.
—Pues perdido está sin remedio. Vea como el fuego va extinguiéndose tan rápidamente como empezó. ¡Ojalá no se hayan expuesto los muchachos para salvar una silla o una manta! Monty, por ejemplo, es temerario cuando se trata de afrontar un fuego. Es como el caballo que acaban de sacar de un establo ardiendo; sale tan enloquecido, que si le dejaran se volverÃa a meter en él.
—¡Ea! ¡Ya se acaba! Opino que podemos volvernos a la cama. No son más que las tres.
—¿Cómo debió iniciarse? —preguntó Alfredo—. SerÃa algún cigarrillo, sin duda.
Stillwell soltó la carcajada.
—Al, eres más inocente que un cachorro. Me permito dudar de ese cigarrillo, como no añadas que procedÃa de los labios de un vaquero y que no cayó entre la paja por casualidad.
—¡Vaya, Bill! ¿No pretenderás decir que fue don Carlos quién pegó fuego al rancho? —exclamó Alfredo, con mezcla de sorpresa y de cólera.
El viejo ganadero volvió a soltar el trapo.
—Aunque te parezca mentira, querido amigo, eso mismo es lo que pretende decir el viejo Bill, que va chochea.