Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste La noche estaba en parte encapotada, mostrando las nubes algunos desgarrones por entre los que asomaba a intervalos la luna. El viento tenía una inusitada violencia. La intensidad del incendio parecía disminuir. Era como si un inmenso brasero hubiese quedado cubierto con alguna tapa que dejase pasar por diversos resquicios, separados entre sí, llamaradas aisladas. Éstas surgían vívidas, encrespándose con el viento, hasta amortiguarse y desaparecer. La escena, pues, cambiaba de continuo, con alternativas de claridad y negrura. Luego llegó un momento en el que las tinieblas abarcaron un mayor espacio entre los puntos de luz hasta extinguirlos. La noche cubrió la escena con su manto. Por entre las nubes, la luna dejó ver un amarillo segmento. Aparentemente el fuego se había consumido. Mas de pronto, un punto luminoso apareció donde antes todo era oscuridad. Fue creciendo, alargándose, moviéndose como si tuviera vida. Saltaba, variando su tono desde el blanco al rojo. Luego, a sus alrededores, estallaron, una tras otra, diversas llamaradas hasta formar una inmensa columna de fuego, cuya altura aumentaba sin cesar. Enormes masas de humo, amarillo, negro, blanco, teñido con el color del fuego, ascendieron hacia el cielo, llevadas por el viento.
—Bien, ya me puedo despedir de las dos mil toneladas de alfalfa con que contaba —remarcó Stillwell.