Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Qué duda cabe de que fue don Carlos! —intervino Florencia, con animación—. Vivirás caen años aquÃ, Al, y no te convencerás nunca de que, los pelones son traicioneros. Ya sabÃa yo que Gene Stewart sospechaba una mala treta. Por eso me montó a mà en el negro caballo de don Carlos. Quiere quedarse con ese caballo, y temió que si lo dejaba allÃ, el mejicano se lo robase o le pegase un tiro, Y tú, Stillwell, tú… eres tan simple como Al. Nunca desconfÃas de nadie hasta que ya es tarde. Desde que Stewart echó a los vaqueros de la pampa no has hecho sino cantar, sin que se te ocurriese pensar un rato.
—¡Vaya, Flo! No es menester que me insultes asÃ, sólo porque tenga espÃritu cristiano —replicó Stillwell, muy agraviado—. Bastantes calamidades he visto en mi vida para que tenga que preocuparme de otras más. Lamento que se haya quemado el pienso; pero… tal vez los muchachos han conseguido salvar los animales. Y en cuanto al vetusto caserón de adobe, lleno de agujeros y pasadizos secretos…, si a la señorita Majestad no le duele…, me alegro que se haya quemado. Ea, acostémonos otra vez. Alguien vendrá de allá por la mañana que nos cuente lo ocurrido.