Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Magdalena despertó temprano, aunque no tanto como los demás, que ya la esperaban para desayunarse cuando entró en el comedor. Stillwell no estaba de buen humor. Los profundos surcos de la preocupación hendían su amplia frente y de continuo consultaba su reloj, gruñendo porque los cowboys tardaban tanto en acudir con noticias. Engulló su desayuno, y mientras Magdalena y los demás consumían el suyo con más calma, él paseó arriba y abajo por el porche. Magdalena notó que Alfredo iba contagiándose de su nerviosa inquietud, hasta que al fin se levantó de la mesa y se reunió con Stillwell.

—Irán de un salto al rancho de don Carlos, y dejarán que volvamos a casa solas —observó Florencia.

—¿Tienes inconveniente? —preguntó Magdalena.

—No; no me importa. Tenemos los dos caballos más veloces de la comarca. Me gustaría sacarle a ese diablo negro cuanto pueda dar de sí… No; no me importa; aunque, la verdad, no me seduce una situación de la que Gene Stewart opina que…

Florencia empezó su discurso inconexamente y lo terminó con evasivas. Aunque sentía un verdadero desasosiego, Magdalena juzgó prudente no insistir. Stillwell entró haciendo retemblar el suelo con sus pisadas, seguido de Alfredo, que iba armado de un catalejo.


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