Bajo el cielo del oeste

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—No hay ni un jaco a la vista —dijo el primero—. Algo anormal ocurre en el rancho de don Carlos. Señorita Majestad, sería preferible que Florencia y usted emprendiesen el regreso a casa. Telefonearemos a los muchachos avisando su llegada.

Desde la puerta, Alfredo escrutaba el horizonte con su anteojo.

—Bill, veo algo que corre, caballos o reses…; no puedo precisarlo.

Mejor será que vayamos a ver qué pasa…

Ambos salieron precipitadamente, y mientras ensillaban y traían los caballos de Florencia y Magdalena, éstas recogieron el servicio del desayuno, calzándose luego espuelas, sombreros y manoplas.

—¿Estáis listas? —gritó Alfredo—. ¡Flo! ¡Ese caballo mejicano es un príncipe!

Las dos muchachas salieron a tiempo de devolver a Stillwell su saludo de despedida. Alfredo hizo el simulacro de prestarles una ayuda que siempre rehusaban, y luego, montando a su vez, exclamó:

—Supongo que todo irá bien —dijo algo dubitativamente—. Pero… no vayáis hacia el rancho de don Carlos. De aquí a casa, sólo median escasas millas.

—¡Claro que todo irá bien! —replicó Florencia—. Tú eres quien ha de abrir el ojo, yendo a meterte… en Dios sabe qué avispero…

Alfredo se despidió y salió a galope.


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