Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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—¡Y si Bill se hubiese olvidado de telefonear! —dijo Florencia—. Tanto él como Alfredo están aturdidos.

La joven echó pie a tierra y penetró en la vivienda. Dejó la puerta abierta. Magdalena, que experimentaba cierta dificultad para contener a Majesty, notó que Florencia permanecía excesivo tiempo adentro. A poco ésta salió, seria de rostro y con los labios apretados.

—No he podido conseguir comunicación —dijo—. Nadie contesta. Lo he intentado una docena de veces…

—¡Cómo es eso, Florencia! —El aspecto de la joven causó a Magdalena peor efecto que sus palabras.

—Han debido de cortar el hilo —dijo aquélla. Sus pupilas se volvieron hacia Alfredo, que estaba ya muy distante, fuera del alcance de su voz—. La cosa no me gusta ni pizca. Ha llegado el momento de «meditar», como diría Bill.

Reflexionó un instante y volvió a entrar en la vivienda, para reaparecer con el catalejo que Alfredo había utilizado. Con su ayuda exploró el valle, particularmente en dirección al rancho de Magdalena, oculto a la vista por las ondulaciones de las poco elevadas colinas próximas.

—En todo caso, nadie puede vernos salir de aquí en esa dirección —musitó—. Los cerrillos están cubiertos de mezquite, lo cual nos proporcionará resguardo bastante para ver sin peligro lo que tenemos delante.


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