Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Florencia!… ¿Qué…, qué supones? —preguntó nerviosamente Magdalena.
—No lo sé. Con los mejicanos no se puede estar nunca seguro. ¡Ojalá no se hubiesen ido Bill y Alfredo! Aunque, bien pensado, de poco nos servirÃan en caso de una persecución, porque los dejarÃamos atrás en seguida. Además, echarÃan mano de los revólveres. En el fondo prefiero que corra de nuestra cuenta el ganar el rancho. No serÃa prudente seguir a Alfredo. Sabemos que allà ocurre algo… Por lo tanto, lo que procede es tomar el portante hacia casa. Andando. Tú, pégate a mà como una lapa.
Un tupido matorral de mezquites cubrÃa la cima de la primera loma. Florencia tomó la delantera, avanzando cautelosamente, y en cuanto pudo ver allende su cumbre, se valió del catalejo. Luego continuó adelante. Magdalena, siguiéndole de cerca, vio la ladera del monte hasta una amplia y herbosa hondonada, y más allá otras lomas, cubiertas de espesos cactos y mezquites. Florencia se mostraba cauta, vacilante, aunque sin perder tiempo. Su silencio no presagiaba nada bueno. La inquietud de Magdalena materializó el peligro en forma de ocultos vaqueros al acecho.