Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Al ascender la tercera loma, que Magdalena recordaba que era el último trozo accidentado entre el punto donde se hallaban y el rancho, Florencia avanzó aún con mayor prudencia. Antes de llegar a la cumbre echó pie a tierra anudando la brida a un arbusto, y, haciendo un ademán a Magdalena de que esperase, se escabulló por entre los mezquites, hasta perderse de vista. Magdalena esperó, escuchando y vigilando ansiosamente; pero no consiguió oír nada que pudiese alarmarla. El sol comenzaba a tomar fuerza; la brisa matutina agitaba el escaso follaje de los mezquites; el vivo tono carmesí de los cactos atrajo las miradas de Magdalena; un pajarraco de largo cola y acerado pico pasó tan cerca de ella que pudo haberlo alcanzado con su látigo. Mas su conciencia de todo cuanto veía era vaga. Su atención se concentraba en observar a Florencia, y en escuchar cualquier sonido. Súbitamente vio a Majesty aguzar las orejas. Luego, Florencia apareció en el recodo del sendero, extrañamente pálida.