Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Chiss…! —murmuró levantando la mano. Acercóse al caballo negro y lo acarició, evidentemente para calmar la inquietud que manifestaba—. Ya la bailamos —prosiguió—. Al otro lado hay una cuadrilla de vaqueros ocultos entre los mezquites. Aún no nos han visto ni oÃdo. Será preferible correr el riesgo de seguir adelante, tomar por un atajo y ganar el rancho antes que ellos. ¡Magdalena! ¡Estás blanca como un papel! ¡Ahora no te desmayes!
—No me desmayaré, pero… me asustas, Florencia… ¿Hay peligro…? ¿Qué haremos?
—Hay peligro, Magdalena, no quiero engañarte —dijo Florencia en voz baja—. Las cosas se presentan tal cual Stewart habÃa previsto. ¡Oh, debimos…! Al debÃa haberle hecho caso. Voy creyendo…, voy creyendo que Gene sabÃa…
—¿SabÃa qué?
—No hace ahora al caso. Escucha. No me atrevo a retroceder. Seguiremos adelante. Tengo una idea para frustrar los planes de ese simio de don Carlos. Apéate, Magdalena… ¡Pronto!
Magdalena echó pie a tierra.
—Dame tu sweater blanco. ¡QuÃtatelo!… ¡Y el sombrero…! ¡Aprisa, Magdalena! …
—¿Qué pretendes, Florencia? —gritó la joven.