Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Habla bajo! —murmuró la otra. Sus ojos grises relampagueaban.
Se habÃa quitado la chaqueta y el sombrero, tendiéndoselos a Magdalena.
—Ea, toma eso. Dame los tuyos y monta en el negro. Yo montaré Majesty. ¡Aprisa, Magdalena! ¡No hay tiempo que perder!
—Pero…, pero…, ¿qué es lo que quieres?… ¡Ah!… ¿Quieres que los vaqueros te confundan conmigo?
—Lo has adivinado.
—No consentiré que hagas semejante cosa —replicó Magdalena.
Entonces el semblante de Florencia transformóse, adquiriendo la dureza y severidad tÃpicas del cowboy. Magdalena habÃa tenido ocasión de observar aquella expresión en Stewart cuando guardaba silencio, y en Stillwell siempre. Era un semblante de hierro y de fuego…, de obstinada e indomable voluntad. Incluso la rápida acción de Florencia obligando a Magdalena a cambiar de atavÃo no careció de violencia.