Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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El caballo ansiaba correr y tenía facultades para ello. Magdalena aflojó las riendas, dejándolas caer sobre el cuello. Su movimiento era extraño para la joven; pero a la sazón lo único que exigía de él era celeridad. Magdalena poseía bastantes conocimientos hípicos para comprender que el animal se sentía libre y con escasa carga. En algunos momentos pretendió indicarle, tirando de la brida, la dirección que quería seguir; mas el negro se mantenía en línea recta, atravesando los macizos de mezquites y saltando las quebradas y los aluviones. Las desigualdades del terreno no presentaban visiblemente ningún obstáculo a su carrera. Para Magdalena, el azote del viento y el volar del suelo bajo las patas del caballo eran completamente distintos a los de otras veces. Huía de algo… sin saber a punto fijo de qué. Pero recordaba a Florencia, y anhelaba mirar hacia atrás; sin embargo, no se atrevía a hacerlo por temor al peligro desconocido que la joven había mencionado.

Magdalena escuchó, intentado distinguir el pateo de cascos en su persecución, e involuntariamente volvió la cabeza. En la milla o más de terreno que mediaba entre ella y el último collado no se veía ni un caballo, ni a un hombre, in a ser viviente alguno. Rápidamente miró al otro lado, hacia la vertiente del valle.


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