Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Apresuradamente, Magdalena salió al aire libre, sin atreverse a mirar atrás ni a ningún lado. Su guÃa caminaba de prisa, y ella tenÃa casi que correr para darle alcance. Mil emociones distintas hervÃan en su pecho. Aquel gigante, de andar presuroso, que iba a su lado, causábale un efecto extraño. ProducÃale también una impresión extraña el viento frÃo y suave de aquella hora y el blanco brillo de las estrellas. ¿Era fruto de su imaginación o realmente parpadeaban las estrellas? TenÃa una curiosa y vaga idea de haber ya visto aquellos astros en otros tiempos remotos, en otra vida. La noche parecÃa tenebrosa, y, sin embargo, reinaba una pálida y luminosa claridad…, una claridad estelar… que ella imaginaba que iba a perseguirla toda su vida.
De pronto advirtió que rebasaban la hilera de edificios, y dijo:
—¿A dónde me lleva usted?
—A casa de Florencia Kingsley —replicó el mozo.
—¿Quién es?
—Opino que es la mejor amiga que su hermano tiene aquÃ.