Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena siguió al cowboy algunos momentos más, y luego se detuvo. Ello se debía tanto a la necesidad de recobrar aliento como al miedo que experimentaba. De una vez comprendió lo inútil de su educación para trances como éste. El cowboy, notando su retraso, volvió atrás y esperó en silencio a su lado.
—¡Está tan oscuro, tan desierto! —tartamudeó ella—. ¿Cómo puedo saber…, qué garantía puede ofrecerme de que…, de que no me ocurrirá daño alguno si voy más lejos?
—Ninguna, señorita Hammond, excepto de que he visto su rostro.