Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Encarándose con el cabecilla habló rápidamente en aquella jerga mejicana que la joven hallaba siempre tan difícil de comprender. El jefe contestó, extendiendo las manos abiertas, una de las cuales señaló a Magdalena en el suelo. Stewart se llevó al sujeto aparte murmurando algunas palabras a su oído. El guerrillero hizo ademanes de sorpresa y aquiescencia. Stewart reanudó su rápido discurso, finalizado el cual su interlocutor interpeló a los de su banda. Magdalena pudo entender las palabras «don Carlos» y «pesos». De entre los forajidos salió un murmullo de protesta que su jefe acalló ferozmente. Magdalena creyó adivinar que el cabecilla accedía a su rescate y que el resto de la banda señalaba un precio.
Stewart se acercó a ella, llevando de la brida al ruano. Majesty se encabritó y resopló al ver a su dueña postrada en el suelo. El cowboy se arrodilló, brida en mano.
—¿Tiene usted novedad? —le preguntó.
—Creo que no —contestó Magdalena con una sonrisa que fue un fracaso—. Me han atado por los pies.