Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Una oleada de sangre sumergió la palidez de su rostro, y sus ojos relampaguearon. Magdalena sintió sus manos, como pinzas de acero, aflojar las ligaduras de sus tobillos. Sin pronunciar palabra la puso en pie, montándola luego sobre Majesty. Magdalena se bamboleó en la silla, teniendo que afianzarse con una mano en la perilla y con la otra en el hombro de Stewart.
—¡No desfallezca! —dijo éste.
Le vio mirar furtivamente en todas direcciones de la selva, y sorprendióla ver que los guerrilleros se alejaban.
Relacionando ambos detalles, Magdalena dedujo que ni Stewart ni los otros tenían interés en encontrarse con alguien que evidentemente estaba próximo a llegar al claro. Stewart condujo al ruano hacia la derecha, avanzando junto a Magdalena, a quien sostenía en la silla. La joven estaba tan débil y aturdida que apenas pudo al principio conservar por sí sola el equilibrio. Luego, ya disipada la sensación de vértigo, trató de valerse de sí misma, pero su desfallecimiento, unido al dolor de su dislocado brazo, hacía ardua la tarea.