Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Stewart habÃase desviado del camino —si como tal podÃa considerarse el holladero que seguÃan— y procuraba no salir de las partes más densas del bosque. El sol iba hacia el ocaso y sus rayos de oro pasaban con pronunciado sesgo entre los abetos. Los cascos de Majesty no hacÃan el menor ruido en el blando suelo, y Stewart caminaba sin despegar los labios. Éste no cesó en su vigilancia ni disminuyó la marcha de su paso hasta haber cubierto cuando menos dos millas. Luego adoptó un rumbo definido, sin atisbar lo más mÃnimo a través de los árboles. El suelo de la selva fue haciéndose irregular, con pequeñas hondonadas, de vertientes pronunciadas y anchas. Luego, a un terreno liso sucedió otro árido y roqueño. El caballo resoplaba, engallando la cabeza. Un chapoteo de agua rompió el silencio. La hondonada se abrÃa junto a otra mayor, atravesada por un arroyuelo que se deslizaba murmurando entre las piedras. Majesty lanzó otro bufido y se detuvo bajando la cabeza.
—¡Tiene sed! —dijo Magdalena—. Yo también tengo, y estoy muy cansada.
Stewart la levantó en vilo de la silla y al separarse sus manos la joven notó algo húmedo y caliente. Un hilo de sangre caÃa por su brazo hasta la palma de la mano.
—¡Estoy…, estoy sangrando! —dijo con cierto temblor en la voz—. ¡Ah! ¡Ahora recuerdo! ¡Me lastimaron el brazo!