Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Extendió el lacerado miembro, y la vista de la sangre acrecentó su desfallecimiento. Los dedos de Stewart actuaron firmes y acertados. Rápidamente, desgarró la manga. El antebrazo presentaba rasguños, acaso, cortaduras. Stewart lavó las heridas.
—¡No es nada, Stewart! Mas estoy algo nerviosa. Creo que es la primera vez que veo mi propia sangre.
Sin contestar, Stewart hizo tiras del pañuelo de Magdalena y le vendó el brazo. Sus diestros ademanes y su silencio dieron a la joven una idea de cómo afrontaría emergencias de mayor gravedad. Se sintió segura. Y precisamente por ello fue mayor su asombro cuando, al levantar la cabeza el cowboy, lo vio pálido, demudado. Stewart permanecía ante ella plegando su bufanda húmeda de sangre, sin cuidarse de lavarla para quitarle las manchas.
—¡Señorita Hammond! —dijo con voz ronca—. ¡Fue una mano de hombre…, unas uñas de bandido lo que laceró su brazo!… Sé quién lo hizo. Podía haberle matado, mas… entonces, acaso no me habrían otorgado su libertad. ¿Me comprende? ¡No me atreví!
Magdalena miró a Stewart, más sorprendida de su discurso que de la intensa emoción que revelaba.
—¡Por amor de Dios! —exclamó. Luego hizo una pausa, a falta de palabras.