Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Varios guerrilleros se adelantaron, revólver en mano. Stewart siguió avanzando con las suyas en alto hasta llegar junto a la hoguera del campamento. Uno de los forajidos, evidentemente el cabecilla, apartó con un gesto a los suyos y se acercó a Stewart saludándole. En la salutación Magdalena pudo distinguir una mezcla de asombro, placer y respeto, aunque le fue imposible entender las palabras. En aquel trance Stewart parecía tan tranquilo, tan despreocupado como si estuviese desmontando al pie de la escalinata del rancho, mas al cambiar de posición pudo ver que su rostro aparecía blanco como el papel. Estrechó la mano al guerrillero, y su brillante mirada erró de uno a otro de sus secuaces, y recorrió el claro hasta que se hubo posado sobre Magdalena. No hizo el más leve movimiento, y, sin embargo, fue como si una poderosa descarga eléctrica le hubiese conmocionado. La joven intentó sonreír para darle a entender que estaba viva e indemne, mas la intensidad de su mirada, la enorme potencialidad de su reprimida energía comunicándole el riesgo inminente en que ambos se hallaban, heló la sonrisa en sus labios.