Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Mas no lo comprendÃa tanto como daba a entender. HabÃa oÃdo demasiadas historias acerca de la frÃa indiferencia de aquel hombre ante el peligro o la muerte. Le habÃa parecido siempre de granito. ¿Cómo era, pues, que unas gotas de sangre hacÃan palidecer su rostro y temblar sus manos? ¿Qué habÃa en su naturaleza que le impulsara a aquella apasionada justificación de no haber matado al guerrillero? La respuesta a la primera pregunta era: porque la amaba. La respuesta a la segunda estaba fuera de su alcance. Pero el secreto de ello residÃa en la misma fuerza de que nacÃa su amor…, una intensidad de sentimientos que parecÃa caracterÃstica de aquellos hijos del Oeste, sencillos, elementales, solitarios. Súbitamente comprendió Magdalena la grandeza que podÃa alcanzar el amor de un hombre como Stewart. La idea se le apareció con toda su singular potencia. Cuantos admiradores la habÃan cortejado en el Este, dotados de atributos que los hacÃa iguales a ella a los ojos del mundo, carecÃan de lo más esencial, de lo que una vida solitaria y ruda conferÃa a Stewart. La Naturaleza restablecÃa asà el justo equilibrio. Algo profundo y confuso, una voz desconocida, llamaba a Magdalena perturbándola. Y como no era voz que hablase a su inteligencia, cerró deliberadamente los oÃdos de su cálida y palpitante vida, y decidió no escucharla jamás.