Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Dos mil dólares mejicanos. Di mi palabra, y tendré que llevarles el dinero. Les dije el sitio y la fecha en que debemos encontrarnos.
—Desde luego; me alegro de tener a mano la suma. —Magdalena se echó a reÃr—. ¡Qué ocurrencia más extraña! Me gustarÃa saber lo que dirÃa mi padre si lo supiese, Stewart; temo que hallase la tasación de mi persona demasiado crecida. DÃgame, ¿fue el cabecilla quién pidió el dinero?
—No. El dinero es para sus secuaces.
—¿Qué le dijo usted? Vi que le hablaba al oÃdo. Stewart bajó la cabeza eludiendo su directa mirada.
—Fuimos compañeros de armas frente a Juárez. Un dÃa lo saqué de un atolladero. Tuve que recordárselo, y… y le dije algo… algo que… pensé…
—Stewart, por su forma de mirar hacia donde yo estaba, asegurarÃa que le habló usted de mÃ.
Su acompañante no contestó a la insinuación y Magdalena creyó prudente no insistir.
—También oà varias veces nombrar a don Carlos, y eso me interesa. ¿Qué tienen que ver don Carlos y sus vaqueros en este asunto?