Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Ese rufián tiene la culpa de cuanto ocurre —replicó acerbamente Stewart—. Prendió fuego al rancho y a los corrales para evitar que entrásemos en posesión de ellos y también con la idea de alejar del nuestro a los muchachos. Era una maquinación bien urdida. Yo dejé ordenado que se quedase alguien con ustedes, pero Stillwell y Al son dos atolondrados y las dejaron solas. Y entonces aprovecharon la oportunidad los guerrilleros.
—¿Cuál era su idea…, su maquinación…, como usted la califica?
—¡Apoderarse de usted! —dijo llanamente.
—¡De mÃ! ¿No pretenderá usted decir, Stewart, que mi… captura obedeció a algo más que a una simple casualidad?
—Lo pretendo. Stillwell y su hermano opinan que los guerrilleros necesitaban dinero y armas, y que se apoderaron de usted porque acertó a ponerse a su alcance.
—Y, ¿no es ése su punto de vista?
—No. Ni el de Steele ni el de Nels. Y nosotros conocemos a don Carlos y a los mejicanos. No tiene más que recordar cómo salieron en persecución de Flo, tomándola por usted.
—Entonces, ¿qué supone?
—Prefiero no decirlo.