Bajo el cielo del oeste

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—Mas… Stewart quisiera saberlo. Si es algo que me atañe es natural que lo sepa —protestó Magdalena—. ¿Qué motivos pueden tener Nick y Nels para sospechar de don Carlos, atribuyéndole la intención de raptarme?

—Probablemente ninguno que pareciese verosímil a sus ojos. Mas en cierta ocasión oí decir a Nels que había visto al mejicano mirándola, y que si volvía a sorprenderle en tal ocupación le dejaría tieso de un tiro.

—¡Stewart, eso es perfectamente absurdo! ¡Matar a un hombre porque mira a una mujer! ¡Estamos en un país civilizado!

—Tal vez sería absurdo en un país civilizadlo. La civilización tiene muchas cosas incomprensibles para mí.

—¿Cuáles, por ejemplo?

—Entre otras, no puedo tragar la tolerancia que muestran algunos hombres ante el trato que otros dan a las mujeres.

—Stewart, encuentro insólito que hable usted así, usted, que la noche de mi llegada…

Se interrumpió, deplorando haber hablado. La vergüenza de Stewart era penosa de ver. Súbitamente levantó la cabeza, y ella se sintió abrasada por el fuego de sus pupilas.


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