Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Al atardecer del nueve de mayo y una media hora escasa después de recibir Magdalena un mensaje telefónico de Link Stevens anunciando la llegada de los invitados a El Cajón, Florencia la llamó al porche. Stillwell estaba allí, con el rostro materialmente cubierto de arrugas por efecto de su maravillosa sonrisa y con sus ojos de águila clavados en el distante valle. A lo lejos, a unas veinte millas, elevábase una sutil ráfaga de polvo blanco en el camino.
—¡Mira! —gritó excitada Florencia.
—¿Qué es? —preguntó Magdalena.
—Link Stevens y el auto.
—¡Oh, no! ¡Si apenas hace unos minutos me telefoneó diciendo que acababan de llegar!
—Mira con los gemelos —insistió Florencia.
Una ojeada a Stillwell le demostró que el ladino estaba rebosando contento. Recordó una conversación que había tenido con Stevens pocos días antes.
«—Link, supongo que el coche está en buen orden —habíale dicho.
»—Tan entrenado como el mejor caballo de carreras.
»—La carretera del valle es perfecta —había proseguido ella—. Ni en Francia he visto caminos mejor cuidados. No hay vallas, ni peñascos, ni vehículos. Una carretera ideal en pleno desierto.