Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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»—Sí; y que es solitaria —había contestado Stevens, brillándole algo la mirada— y segura, señorita Hammond.

»—A mi hermana solía gustarle ir aprisa. Si no recuerdo mal, cuantos vienen con ella padecen igualmente la manía de la velocidad. Es un achaque muy común entre los neoyorquinos. Espero, Stevens, que no les dará usted ocasión de pensar que nos hemos contaminado en exceso de la lentitud y languidez del Oeste y de su perpetuo mañana.

»Link la miró perplejo, y su broncíneo semblante, grave de ordinario, pareció resplandecer.

»—Con su permiso, señorita Hammond. Emplea usted palabras que Link Stevens no puede cazar ni a lazo. ¿Quiere decir que, con tal de que conduzca con cuidado y prudencia, puedo dejar el polvo atrás y llegar aquí en menos tiempo que el mañana de un mejicano?».

Magdalena había asentido sonriendo, y ahora, al contemplar aquella ráfaga polvorienta se lo reprochó. Tenía confianza en Stevens; era el conductor más hábil, más osado y de nervios más acerados que había conocido. Si hubiese ido ella en el coche, no habría experimentado ansiedad. Pero, pensando en lo que Stevens podía hacer con cuarenta millas de perfecta carretera y el desierto por delante… Magdalena sintió una punzada de remordimiento.


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