Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Oh, Stillwell! —exclamó—. ¡Me parece que voy a desdecirme de mi sorprendente idea! ¿Cómo pudo ocurrÃrseme?
—¿No desea su hermana ver la verdad? ¿No dijo que todos ellos lo desean? Pues opino que ya deben haber empezado a abrir los ojos.
Las frases del ganadero acallaron las inquietudes de Magdalena. Aun sin poder explicarlo en palabras sabÃa exactamente lo que experimentaba. Era un anhelo de ver fisonomÃas cuyo recuerdo conservaba vivo en la memoria, de oÃr las alegres risas y ocurrentes frases de sus antiguas amistades, de recibir de primera mano las noticias y murmuraciones de su viejo mundo. Mas, eso aparte, las cartas de su hermana y los mensajes de sus acompañantes habÃan excitado su amor propio. En cierto modo, los esperados huéspedes eran hostiles, puesto que se mostraban despectivos y curiosos respecto de aquel Oeste que se habÃa adueñado de ella. Imaginaba lo que creÃan hallar en un rancho. Y, de creer a Stillwell, verÃan la «verdad». Esta certidumbre venÃa oportunamente a contrarrestar un sentimiento de Magdalena muy parecido al descontento.