Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Se preguntaba con cierta melancolÃa, si su hermana o sus amistades llegarÃan a ver el Oeste tal y como ella lo veÃa. Tal vez fuera exigir demasiado. Resolvió hacer cuanto en su mano estuviera por darles las impresiones que sus sentidos ansiaban, y mostrarles a la vez, la dulzura, la belleza, la pura salubridad y la fortaleza de la vida en el Sudoeste.
—¡Bueno, como dirÃa Nels, por nada del mundo quisiera ir en ese automóvil! —observó Stillwell.
—¿Por qué? ¿Va aprisa, Stevens?
—¡Santo Dios! ¡Aprisa! Señorita Majestad, desde que cayó el último rayo no ha habido en la comarca nada que anduviera tan aprisa. Link debe de estar en sus glorias. Me parece ver a ese ceñudo diablo cojitranco agazapado sobre el volante como si fuese el cuello de un caballo.
—Le recomendé que procurase evitar el calor y el polvo —dijo Magdalena.
—¡Ja! ¡Ja! —exclamó ruidosamente Stillwell—. Bueno; me voy. Me gustarÃa presenciar la llegada de Stevens, pero quiero estar con los muchachos en los alojamientos. Será digna de ver la cara de Nels y de Monty cuando Link pase volando.
—Ojalá Alfredo hubiese podido ir a recibirles —dijo Magdalena.