Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Cuando se reunieron en el porche, el calor habÃa disminuido notablemente, y el rojizo disco solar se ocultaba tras el desierto. Una ausencia de comentarios, un creciente silencio, atestiguó la impresión que en los visitantes causaba aquel maravilloso ocaso. Mientras desaparecÃa el último segmento detrás de las borrosas Sierras Madres, y el dorado resplandor empezaba a brillar más intensamente, Elena rompió el silencio con una exclamación:
—¡No le falta al cuadro más que un poco de vida! ¡Ah! ¡Un caballo sube por la colina! ¡Ved! ¡Ya está en la cumbre! ¡Y lleva jinete!
Antes de mirar, Magdalena conocÃa ya la identidad del que cabalgaba por la mesa. Mas hasta aquel momento no se dio cuenta de lo arraigada que estaba su costumbre de atisbar a aquellas horas la planicie en busca de él. Éste fue siguiendo el borde de la mesa hasta llegar a un punto en que jinete y montura se recortaron vivamente contra el cielo.
—¿Qué hace all� ¿Quién es? —preguntó la curiosa Elena.
—Es Stewart, mi… mà brazo derecho de aquà —replicó Magdalena—. Cuando está en el rancho, va a diario allá al llegar el crepúsculo. Tengo entendido que disfruta con la excursión y el panorama; pero, además, su objetivo es echar una ojeada al ganado del valle.
—¿Es un cowboy? —preguntó Elena.